Desde una perspectiva astrológica, hay una fecha que resulta
particularmente sugerente: la entrada anual del Sol en Virgo, alrededor del
22 o 23 de agosto. No significa que ese día desaparezca repentinamente el
calor ni que la astrología determine la meteorología. Septiembre puede traer
todavía jornadas extremadamente calurosas y cada año presenta sus propias
anomalías atmosféricas. Pero sí existe una realidad astronómica detrás de esa
percepción: después del solsticio de junio, en el hemisferio norte, la duración
del día va disminuyendo y la altura máxima alcanzada por el Sol sobre el
horizonte también desciende progresivamente. A finales de agosto, ese cambio
acumulado comienza a resultar mucho más perceptible.
Y aquí resulta interesante la coincidencia entre el
calendario astronómico y el simbolismo astrológico. La entrada del Sol en
Virgo señala tradicionalmente el comienzo de una etapa muy diferente a la
representada por Leo. Si Leo corresponde al esplendor solar, al calor, la
expansión y la plenitud del verano, Virgo introduce una energía de transición:
ordenar, recoger, seleccionar y preparar. No es todavía el otoño —que
astronómicamente llegará con el equinoccio y la entrada del Sol en Libra—, pero
sí podemos contemplarlo simbólicamente como la antesala del otoño, el
período durante el cual la naturaleza empieza poco a poco a modificar su
comportamiento.
En el Mediterráneo esta transición posee una personalidad
propia. El calor acumulado durante julio y agosto permanece en la tierra y,
especialmente, en un mar que ha almacenado una enorme cantidad de energía
térmica. Por ello las temperaturas pueden continuar siendo elevadas durante
septiembre e incluso prolongarse más allá. Sin embargo, la radiación solar ya
no actúa exactamente de la misma manera que unas semanas antes. Las tardes
comienzan a acortarse, las noches se alargan y las primeras perturbaciones atmosféricas
importantes pueden romper la monotonía del verano. No necesariamente cambia el
tiempo de un día para otro; lo que cambia primero es su tendencia.
Precisamente por ello resulta tan sugerente observar el
ingreso del Sol en Virgo como marcador simbólico. El astrólogo no debería
confundir esta correspondencia con una predicción meteorológica literal. Sería
excesivo afirmar que «cuando el Sol entra en Virgo bajan las temperaturas» como
una regla universal. Pero sí podemos afirmar que ese ingreso se produce todos
los años en un momento del ciclo solar en el que el hemisferio norte se
encuentra avanzando inequívocamente hacia el equinoccio de otoño. La astrología
toma ese hecho astronómico y lo dota de un lenguaje simbólico: Virgo
representa el tiempo de preparar, administrar y recoger después de la
exuberancia leonina.
Las antiguas sociedades agrícolas conocían
extraordinariamente bien estos ritmos. Mucho antes de disponer de satélites
meteorológicos, modelos informáticos o previsiones a diez días, el movimiento
aparente del Sol constituía un gigantesco reloj natural. Las estaciones, las
cosechas y numerosas actividades humanas estaban vinculadas a la observación
del cielo. El zodiaco tropical conserva precisamente esa estrecha relación con
el ciclo estacional: Aries comienza con el equinoccio de primavera del hemisferio
norte; Cáncer, con el solsticio de verano; Libra, con el equinoccio de otoño; y
Capricornio, con el solsticio de invierno. Entre esos cuatro grandes puntos
cardinales se desarrolla toda una secuencia de transformación de la luz.
Por eso la experiencia repetida año tras año tiene también
un considerable interés para el astrólogo. Observar es una parte fundamental
de la astrología. Anotar cuándo percibimos los primeros cambios, comparar
temperaturas, horas de luz, precipitaciones y posiciones solares permitiría
incluso convertir una impresión subjetiva en un pequeño estudio. ¿Se produce
realmente alrededor del ingreso solar en Virgo un cambio estadísticamente
apreciable en las temperaturas de una determinada localidad mediterránea?
¿Cuántos días antes o después ocurre? ¿Se mantiene esa pauta durante veinte o
treinta años? Plantearlo de esta manera transforma una observación cotidiana en
una hipótesis susceptible de ser contrastada.
Hay, finalmente, algo especialmente hermoso en esta
sincronización. Mientras nuestro calendario civil divide el año mediante fechas
convencionales, el cielo mantiene su propio calendario continuo. Cada
día el Sol modifica ligeramente su recorrido, cada noche gana unos minutos al
día anterior y cada estación contiene ya el germen de la siguiente. Cuando
llega la segunda mitad de agosto todavía estamos plenamente instalados en el
verano mediterráneo, pero algo empieza a cambiar. Las sombras se alargan, las
tardes pierden lentamente terreno y la luz adquiere otra inclinación.
Y entonces llega Virgo. No trae necesariamente el otoño ni
apaga de repente el calor, pero señala que el gran verano solar ha comenzado
a retirarse. Es como si la naturaleza cambiara imperceptiblemente de
marcha. Después llegará Libra y con él el equinoccio, cuando el cambio
estacional será ya inequívoco. Pero unas semanas antes, alrededor del 22 o 23
de agosto, el observador atento ya puede descubrir las primeras señales. El
reloj celeste continúa avanzando y, año tras año, nos recuerda que detrás de
las aparentes irregularidades del tiempo existe un ciclo mayor: el eterno
ritmo de la Tierra alrededor del Sol y nuestra antigua costumbre de leerlo en
el lenguaje del cielo.

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